al fin del mundo…


Me decia al oido que quería coger…

“Si, Mariana, coger, coger… coger un autobus al fin del mundo”

Yo si cogería ese autobus y me iría lejos o cerca para venirme, venirme con calma y en sacudidas.. venirme en el cielo de estrellas amarillas que al final el corazón tiene para mi.

 

Mariana

12:28

17 Junio 11 

 

Salud


Tienes que saber que estoy enamorada de ti, que si me escondo o te esquivo o te hablo más fuerte y sin mirarte es porque estoy asustada, es que tengo miedo de que lo notes, y que después de eso te vayas.

Tienes que saber que soy cursi y romantica, que cada vez que me miras  y me saludas con tu manita, yo agacho la mirada o me levanto de mi lugar a hacer caras de emoción y gritos ahogados y quiero correr o subirle a tope al volumen de las canciones que escucho dedicadas a ti sin que lo sepas. Las mismas canciones que te canto bajito mientras por inercia salen cuando camino contigo por las calles en días más soleados porque vamos de la mano.

No sé a que juego contigo, no sé porque juego contigo, porque un día somos y al día siguiente nos olvidamos.

Te escribo desesperanzada, casi completamente adolorida. Tengo historias tan parecidas a esta, en donde todo parece pero nada es.

Me preguntas qué siento por ti y me miras a los ojos mientras lo preguntas y entonces ahí creo que me quieres y que te estás dando cuenta de lo que te quiero decir entre líneas y entonces cambio la platica, te digo que hace calor y que ya quiero llegar a dónde vamos, y encierro en mi otra vez el sentimiento, le quito el brillo a mis ojos, le apago la dulzura a mi voz y me amarro el corazón fuerte para que no se me escape contigo.

Se me escurren las lágrimas mientras te escribo esto, transparentemente…

Quien me conoce sabe porque lloro, porque ahora se me desatan los nudos y me pongo a llorar dolorosamente y reuno momentos en los que estuve detenida y entonces me secó las lágrimas y me abrazo fuerte y me digo las palabras que me salvan, que me quieren curar y me detengo. De golpe detengo la sal de mis ojos y vuelvo a escribir, a amarrarme todo el sentimiento. Porque ahora cargo a los vivos más que a los muertos, dentro de los 35 que son todos, me pierdo y vuelvo a acomodarme en tus manos mientras somos momentos repetidos 35 veces.

Quien me conoce y me sabe entiende estas letras y le saben tan dulces y saladas como los aromas de la pimienta con que me cubro para alejarte mientras estornudas.

Mariana López Hernández.

12:32 p.m

14 Junio 2011

 

Juan Manuel


Quizá tengas razón. Es tarde para pedirte ciertas consideraciones conmigo, declaraciones de amor en estos tiempos, cuando ya no tenemos lazos presentes que nos unan.

Te extraño, quizá por eso me siento tu apoderada, tu consejera a distancia, tu error más elocuente y más sentido. Tu dolor incurable.

La realidad es que es inimaginable lo que he sentido, porque dentro de mi insensibilidad de los últimos meses he sentido mucho y he sentido nada por ti, esa es la verdad. Porque llegué a olvidarte por horas y días mientras el mundo era más gris para todos y también más sonriente para mí.

Cuando nos deshicimos de nosotros, dejé de suspirar y comencé a respirar con pausas y suavecito, no quería aire de más en mis pulmones, ni retortijones de estómago adolorido, sólo quería decirte adiós, despedirme de ti para siempre como en letargos inconfundibles de nuestras antiguas hazañas. Me detuve en muchos momentos, ya no quise sentirte cerca porque ya todo había acabado, tenía el corazón entero, mientras te lloraba en mi sala y en mis escaleras, después olvidé que me dolías y junto a ese olvido te olvidé a ti, porque ya no te sentía ni te quería, así fue inevitable, ya no te quería.

Vinieron los días del duelo, esos que suenan trágicos pero que de verdad existen. Quise regresar el tiempo y revivirte pero ya estaba de más, ya estabas  bien muerto el día que yo te fui a enterrar. Ni como revivirte después de tanto tiempo, ni siquiera por eso tenía ganas de encontrarte, ya no te quería ni ver.  Porque ya te había enterrado y ya ni siquiera quería volver a ver.

Te lloré muchos días y tardes en que mi mamá me regañaba por cualquier cosa y so pretexto tuyo, lloraba hasta que me cansaba, hasta que mis ojos eran de verdad cerrados de tan hinchados, y tristes, me recuerdo abrazando la almohada, apretándola fuerte, fuerte con mi tristeza más grande, después me sentía vacía, aliviada, porque en cada momento como ese me exorcizaba de ti, y así poco a poco, te fui dejando morir.

Sentí mucho tú perdida (como buena frase de perdida mortal), y lloré en pasado, presente y futuro, sola y acompañada, en cuentos y en frases  epistolares, en días y tardes, nunca en noches, nunca en madrugadas, porque esencialmente, esas  me pertenecen, me son, como son las estrellas a los ojos de mis muertos.

Es cierto, sin palabras y sin gestos sé que soy como un rayo que parte árboles y cuentos, que con mis zapatos bajitos desaparezco igual que en cuento infantil, me sé ausente y rezándote tus últimos rosarios, los últimos, los del final que ya cansan de tanta repetición, de tanta lagrima secada y abrazos que tratan de reconfortar.

Eres mi recuerdo más puro y sí, mi recuerdo más sentido, más desobligado y por eso más mío.

Y te dejo descansar en paz, porque tengo la creencia  que los muertos no descansan si ven llorar a quien alguna vez amaron.

Y sé que me amaste, Manuel, y sé que te amé.

Y en el epitafio de tu tumba es todo lo que a mí me hará seguir viviendo.

 

Mariana López Hernández

24 de Mayo de 2011

9:22 a.m.

Plastilina


Me hacia sentir con su presencia en mi vida como mujer fatal con hombre guapo.

La primera vez que lo vi vestía un traje café que nada le favorecía, parecía un joven atrapado en los 70´s,  le ayudé a desatascar una copiadora que casi nunca funcionaba. Ni lo saludé, ni sonreí, sólo me acerqué a él, casi lo empujé y empece a mover los botones de la máquina, le apreté el botón de START , me di la vuelta y me fui.  Apenas y escuché el “gracias” que me dijo, aun así no volteé a verlo.

No pensé en él después de ese día, no lo recordaba, si no lo hubiera visto de nuevo, estoy segura que nada de esto hubiera sucedido.

Me enamoré de él, como no tuve que haberme enamorado, no entendí el juego y terminé enredada en sus sábanas, en su saliva, en esos besos largos, eternos que nos dabamos, eramos un conjunto de besos, eramos respiraciones agitadas pegaditas y  emocionadas.

La segunda vez que lo vi, estaba sentado en el escritorio de a lado, lo miré desconcertada, pues de pronto lo habían cambiado de area y ahora era mi nuevo compañero. Todo en él era silencio, apenas y nos dirijiamos palabras, si acaso una mirada, un saludo cordial, desinteresado.

Después empezaron los saludos largos, las miradas más cercanas, de pronto ya eramos otros, los dos mirándonos diferente.

Sólo nos separaba una especie de metal con pequeños hoyitos que dividia los escritorios, recuerdo que de vez en cuando , cerraba un ojo para verlo con mayor claridad através de ellos. Lo recuerdo sonriendome y escuchando música clásica, siempre ocupado, agitado, midiendo la intensidad de sus miradas y sus sonrisas para mi.

Empezamos a hablarnos más, a ser él y yo los más cercanos dentro de la lejania que teniamos que tener frente a los compañeros de oficina, sonreiamos más, me ponía nerviosa cada vez que se levantaba de su lugar y se asomaba a mi escritorio para decir cualquier cosa, por cualquier motivo.

Un día me sorprendió con un capuccino vainilla y unas galletas que se convirtieron en nuestro desayuno diario, él y yo llegando media hora antes que todos para poder estar juntos platicando de cualquier cosa, con el pretexto del cafe, con el saberme ahí junto a él, poniedome roja y mirando por la ventana, con el vaso de unicel quemando mis manos, intercambiando sabores de galletas de chocolate y vainilla.

Tenía miedo de él, lo miraba tan guapo, tan seguro, tan joven, poniendo atención a mi vida, a mis momentos, tomando a sorbos café caliente para evitar hablar, para evitar ponerme más nerviosa y decirle que sólo quería que llegará el siguiente día, nuestra siguiente media hora juntos, solos desde el ventanal del  PH.

Una mañana, cuando nadie había llegado se acercó a mi y me dijo que tenía un regalo para mi.. ¿un regalo para mí? .. cerré los ojos y al abrirlos, frente a mí había un muñequito de plastilina que en su pecho sostenía un enorme corazón…  “es tuyo”…y entonces el silencio y las sonrisas nos acercaron más.

Esa misma semana fuimos al cine, recuerdo la pelicula por imágenes, por intuición, porque yo sólo lo miraba a él, entre las luces apagadas y su sombra y sus ojos que eran mi pantalla.  Me abrazó, me acerqué, me besó en la comisura de los labios, me moví rápidamente, como adolescente en su primer beso, y no moví ni un músculo hasta que se volvió a acercar y entonces no lo evité, porque hasta entre mis piernas sentía la necesidad de besarlo, de sentir, de dejar de pensar si estaba bien o mal, sólo nos besamos una y otra vez , en el cine que parecía alcoba, y él tomaba mi mano y yo lo miraba extasiada. T

Terminó la pelicula, cuando aparecían los créditos en la pantalla, volteó a verme.. ¿Quieres ser mi novia?… Si, si quiero.

Entonces un beso largo, como en final alternativo de nuestra propia pelicula.

Salimos tomados de la mano, con la magia que un “Si” le da a todo.

Era beso tras beso, porque de pronto nos desatamos el miedo y parecía que llevabamos años con la urgencia de nosotros, abrazandonos, arrastrando las emociones en cada roce, en cada espasmo de nuestro cuerpo, porque a esas alturas, era evidente que llevabamos muchos días con la magia creciendo, con las ganas de probarnos y sabernos en sabores de carne y saliva.

Fue el mejor día que he pasado con alguien, porque sólo eran besos y miradas largas, porque era todo deseo, sólo deseo, persiguiendonos con todas las ventajas de atraparnos.

Como “novios” fuimos una mala experiencia, decidimos entonces “ser” sin ser nada o “no ser” siendo algo.

Y funcionaba, porque eran sólo encuentros, química, contacto.. tardes y noches de vino y fiesta.. nunca un sol compartido, nunca una mañana tranquila, siempre nos veiamos al caer la tarde, al ser de noche, porque así justificabamos los besos, las caricias, el baile y la botella de vodka con jugo de arandano que compartiamos.

En esos días, sólo podía besarlo si  en mi sangre circulaba alcohol, pues si lo besaba sin el, eran besos de enamorada, de entrega, de ganas de contagiarlo de amor por mi. Entonces bebía, bebía sin parar  y lo besaba como mujer fatal con hombre guapo, con caricias que yo solía justificar ante él y fingir que olvidaba al día siguiente, para que él no me viera enamorada, ni siquiera esperanzada.

Los días viernes se repetían las escenas, nos ignorabamos toda la semana en la oficina, no había llamadas, ni mensajes, ni miradas a mitad de semana, hasta que llegaba el viernes y recordabamos que nos gustaba besarnos y entonces saliamos, volviamos a actuar como pareja alocada y nos besabamos, bailabamos, bebiamos cerveza, vodka, martinis, margaritas, en medio de lugares concurridos, lejos de zonas peligrosas donde pudieramos encontrar a algun conocido. Se pasaba la noche, y en la madrugada, ,caminabamos por las calles de la Zona Rosa o Coyoacan, tomados de la mano, besandonos a cada roce, jalandonos la ropa , como si con eso contuvieramos el deseo de agua salada y sábanas.

Los sábados ya todo era olvido, no sabía nada de él y yo no provocaba el encuentro, por más ganas que tuviera de él al día siguiente nunca lo busqué, me amarraba el corazón y hasta las palabras, cuando empezamos este juego, yo sabía por intuición las reglas, jamás las dejamos claras, todo era así, intuitivo, dándose por hecho que el corazón debía permanecer intacto, por lo menos el mío, sin latir de más aunque ya estuviera enamorado.

Pasaban semanas en las que no nos dirijiamos la palabra, él me miraba sin mirarme y a mí me lastimaba. Pasaba algunas noches entre semana, recordando nuestros viernes y olvidando los sábados.

Después volviamos a buscarnos, a encontrarnos de noche en algun bar, en algun lugar con luces bajas, entonces platicabamos a los primeros sorbos de cerveza, luego yo pedía otra y quizá otra, entonces ya lo besaba, ya se detenía todo, ya pasaban las horas en un beso, porque así era, se pasaban las horas en un solo beso.

Cuando volviamos a caminar de madrugada, recordaba los días del capuccino vainilla a las 8:30 de la mañana, mientras mirabamos por la ventana y yo temía acercarme a él, entonces ya no sabía con quien caminaba, si con quien me regaló un muñequito de plastilina con un corazón, o con el que me besaba con fuerza como si quisiera no dejarme ir sin antes haberme arrancado la ropa.

Me sentía mujer fatal con hombre guapo, caminando de madrugada, con el rímel casi en las mejillas, aprentando la mano de quien convirtió el corazón rojo de un muñequito de plastilina, en una mancha de lipstick en el cuello de su camisa.

 

Mariana López Hernández

1:09 p.m.

17 Mayo 2011

 

 

 


Tuve en mi un concierto globular.

Tuve en mi un sueño que de tanto soñarlo se volvío imposible de sobrellevar.

Mientras caminaba de un lado a otro, con el corazón entumido y las manos sudorosas, sólo pensaba en ti, en dónde estarías mientras yo no podía correr  hasta ti y abrazarte fuerte como si así dieras de nuevo vida.. la vida.

Tuve miedo, no podía llorar, eras recuerdo de noche y día pues te tenía en pedacitos muertos dentro de mí.

…pedacitos dentro de mi.

Mariana López Hernández

(MOAL)

Soledad Acompañada


 

 

Hay que surcar los cielos más extravagantes para recordar de dónde venimos, para no olvidar a los que ya no están.

Cuando era niña me escondía de la lluvia, me daba miedo… lloraba si las escobas, las cubetas, la ropa, las plantas o cualquier objeto viviente o inerte se mojaba. Sentía que los abandonaba, que los dejaba sufriendo en medio de la lluvia… siempre, todo en mi vida ha girado en torno al abandono… todo para mi termina siempre con esa palabra, trasciende en mi con ese sentimiento.

Tuve una abuelita que me salvaba a diario… que me salvaba de todo lo que yo inventaba y creía.

He sido una mujercita llorosa, desde niña. He mirado al mundo con los mismos ojos de niña, hasta hoy que ya no lo soy más.

Antes me dolía abandonar pequeñas cosas en la lluvia, de adolescente me dolía saberme abandonada, ahora me duele ser yo la que abandona, la que siga abandonando.

No sé porque siempre miro soledad en los ojos de la gente, siempre los siento solos, lastimados. Quizá me refleje en ellos, y crea que todos se detienen un momento y se miran solos y les duele, aunque después caminen y sonrían olvidando o superando a la soledad.

A veces cuando sonrío, me siento culpable… recuerdo a los que he mirado y no sonríen, a los que se consumen en su ir y venir, y se siguen sintiendo solos.

Muchas veces he creído que no merezco sonreír. Pienso en las lágrimas  y tristeza de  “ella”, en el silencio de “él”, en la constipación del corazón de “ellos”, y si sonrío, es como si los abandonara en su tristeza, en su cuarto con las luces apagadas…en su desesperanza.

Muchas veces quisiera pensar que me equivoco y que son más sus momentos de alegría que de tristeza, muchas veces también acepto que la gente que me rodea también es triste, y quizá me ahogo con ellos, y juntos nos hacemos una inmensa congregación de sentimientos agolpados.

Cuando vuelvo a sonreír y me siento  feliz, vuelvo a recordar todo lo que se quedaba abandonado en el patio cuando llovía, y las veces que me abandoné y me abandonaron; los días en los que dejé personas en el abandono y a los que no quiero volver a ver abandonados.

Quizá, primero deba dejar de sentirme abandonada, y así dejar de creer abandonados a todos. Quizá si todos sonrieran como yo, a pesar del abandono, podría sentirme acompañada, por primera vez acompañándolos.

Me he traicionado… quizá.


Vivir Oaxaca como yo la he vivido…

Viviendo en Oaxaca en días en que nadie visita, días en que la vida es normal, es vida simple, uno se llena de desvelo amortiguado, de  despertares agolpados, de esos que antes no tenían algúna clara definición.

Las cosas antes no tenían sentido, porque no las entendí, no había una clara razón para entender lo que sucedía en este lugar, en mi corazón.

Hace unos días recorría la esfera de mí, la esfera en la que me convertí sin miedo ni rechazo.

He tenido que enfrentarme a mi misma en innumerables ocasiones, a veces creo que soy cliente frecuente de las más turbulentas traiciones personales.

Me he traicionado… quizá.

En momentos  creo que ni eso quiero reconocer porque entonces sería un golpe aun mayor a mi alocado yo interno, a mi alocado corazón que en este momento está desesperanzado.

Pero me he traicionado, claro que lo he hecho y no es  ni falsa ni real vanagloria, es la verdad a la que me enfrento siempre, a la que me enfrento yo.

Cuando empecé a crecer, a darme cuenta de mis alcances, entendí de lo que yo podía ser capaz, de lo que podía generar en otra persona y de lo que la otra persona podría sentir y hacer por mí.

He sido egoísta queriendo serlo. Esa es la verdad.

Amé sin amar, después amé amando, al final amé sin que ya me amaran.

Esa historia es historia repetida, pero como esa tengo otras totalmente diferentes, dónde sin afán de ser la mala del cuento he sido amada, sin amar. Y sin rastros ni dejos de querer hacerlo ni sentirlo. He terminado alejándome, dejando todo atrás.

Otras historias, las más trágicas se remontan a esas escenas en las que yo quiero sin que me quieran, y me quedo ahí esperando, no sé qué, quizá todo, pero nunca llega. Entonces mi imaginación es como astronauta en el universo, se emociona, se deja llevar, se deja ir. Y empiezo a idear las posibles soluciones al desamor, posibles hallazgos, posibles respuestas y amuletos que logren el que yo sea querida. Sinceramente nunca funcionan,  termino enredada en mi misma. Termino en caída libre sin amortiguamiento.

Mi historia es larga y complicada, se remite a largos momentos en los que la soledad es la principal protagonista, porque me opaca, me hace a un lado, se pone sobre mí  y opaca todo, absolutamente todo lo que soy.

Cuando  entendí la capacidad de autodestrucción que tengo, me asusté de mi misma, pero inmediatamente me puse a prueba. Quería comprobar cuanto era capaz de aguantar.

Y entonces, después de varios intentos por ser inmisericorde conmigo misma, me aventé a un barranco, sin certeza de mi, de mi supervivencia, sólo me aventé. Quería saberme fuerte.

Y fui realmente inmisericorde, no me detuve, me entregué al dolor y al rechazo una y otra vez. Y me dolía, de verdad me dolía, me hacía perder todo lo que construía de mí y todo lo que yo era ya de corazón, de nacimiento.

Me fui haciendo otra, cambiando todo, todo de mí.

Vivir Oaxaca como me ha vivido ella a mí.

21 enero 2011

1:31 pm

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